Literatura de Salta

Otro indicio lo aportan títulos y contenido de la obra de sus primeros escritores. Juana Manuela Gorriti edita en 1886 “La tierra natal”. En 1892 Joaquín Castellanos da a conocer su poema “Tierra madre”. El primer libro de versos de Juan Carlos Dávalos es “De mi vida y de mi tierra” (1914), a los que se añaden otros como “Cantos de la montaña” o “Salta, su alma y su paisaje” (1947).

Si, como bien observa Santiago Sylvester, lo principal de la obra literaria de Castellanos no tiene a Salta como referencia, aquel poema de 1892 es una excepción. Lejos del suelo natal, Castellanos formula una vibrante apelación a su tierra:

“¡Háblame, tierra madre en tu secreto
lenguaje cuyas voces yo interpreto;
¡hablad escombros; toma la palabra
místico suelo, y dime lo que labra
en tí el viviente polvo sepulcral.
¡Viejo tejado de la vieja casa,
háblame con tu sombra que traspasa
mi ser hasta un recóndito avatar…
Muchos hijos ausentes te han llorado,
pero ningún poeta te ha cantado;
yo, Padre Techo, te daré un cantar!”.

En una conferencia en 1925 en el Jockey Club de Buenos Aires, Dávalos se definirá como “un buscador de belleza en el paisaje natal y en las almas ingenuas de mis comprovincianos. Yo admiré en la Naturaleza, un inmenso afán de ser, de realizar todas las formas y todas las posibilidades, la tradición y la leyenda son el pasado mismo que subsiste no en la letra muerta ni en el grabado oscuro, ni en el vestigio arqueológico, sino en el alma de los hombres como intuición de lo ancestral, como recuerdo traslúcido de los tiempos heroicos, como afirmación evidente de un arraigo inveterado y tenaz sobre la tierra. La tierra, como la mujer, no entrega su alma al propietario, sino al poseedor”.

La “literatura de la tierra”, a la que Dávalos da trascendencia nacional, reconoce dos vertientes. Por un lado, los distintos matices de lo folklórico a lo pintoresquista. Por el otro, los poetas del grupo “La Carpa” que, en la década de 1940, se proponen trascender el localismo con una visión regional más abarcadora y más moderna. Si el gaucho fue postulado como arquetipo del salteño, idéntico papel le fue asignado al folklore y sus tópicos, en relación a la cultura. Cultura que, reconociendo en él una parte de su basamento, también va más allá de sus productos. Sin renegar de tan antiguo patrimonio, lo trasciende, no lo petrifica ni cede a la tentación del encierro autocomplaciente que suelen esconder los localismos exagerados.