EL Cuchi Leguizamón, Son cosas de la música, son cosas de la vida

EL Cuchi Leguizamón, Son Cosas De La Música, Son Cosas De La Vida

Por Gregorio A. Caro Figueroa
Prólogo al libro de José Tcherkaski
En 1984, hace treinta años, se publicó la primera edición de este libro con las conversaciones de José Tcherkaski con Atahualpa Yupanqui y Gustavo “Cuchi” Leguizamón.

En aquellos años Yupanqui era un artista conocido y consagrado. Mientras que las referencias y reconocimientos al Cuchi se reducían a pequeños círculos y artículos en algunas publicaciones especializadas.

Esta reedición remozada y enriquecida de aquel libro de José Tcherkaski, hace años agotado, ve la luz este año cuando se cumple un siglo del nacimiento del Cuchi.

En estas páginas el protagonista no es Tcherkaski quien, como en el buen ejercicio del oficio, deja ese lugar y cede la palabra a los personajes con los que dialoga. El respeto de José a su entrevistado no excluye las irreverencias del Cuchi: abre la jaula a esas malas palabras con la que expresaba sus fastidios y también sus alegrías.

Al hacerlo, Tcherkaski logra efectos poco frecuente: la lectura del texto abre las puertas, de par en par, a la estridente voz y risa del Cuchi, a su barba en punta, a su tonada de salteño viejo, salpicada de regionalismos, de jergas locales y de palabras que los textos editados suelen destilar.

En estas páginas, los que conocimos al Cuchi no solo lo estamos leyendo: lo estamos viendo en sus gestos, sus tics, sus trancos inquietos, silbando por la calle con la mano en los bolsillos, con sus entonaciones y con la mirada de sus ojos que devoraban el mundo que lo rodeaba, y por los que escapaba su caudaloso mundo interior.

Estas páginas se nutren de “preguntas y respuestas desnudas”, como dice el subtítulo de “A primera vista”, segundo libro de grandes reportajes del autor a 23 personajes: Jorge Luis Borges, Federico Fellini, Juan Manuel Fangio, Witold Gombrowicz, Mario Vargas Llosa o Amancio Williams, entre otros.

En 1964, hace cincuenta y tres años y cinco antes de los primeros éxitos del “Dúo Salteño”, cuando el Cuchi tenía 52 años y había recorrido la mitad de su trayectoria artística, su nombre y su obra no formaban parte de la cultura oficial de Salta. Sus composiciones no integraban el repertorio de conjuntos o solistas de moda, salvo algún arreglo de antiguos temas del folclore local.

Ese mismo año, el nombre del Cuchi no mereció ni una línea de las 430 páginas de un diccionario biográfico de salteños destacados. Aludiendo a la producción poética en la época de la colonia, Ricardo Rojas la había caracterizado como “musa perezosa”. Con los años, esa pereza se prolongó a los reconocimientos nacionales, y también locales, de escritores, plásticos, artistas y músicos de provincias.

Al año siguiente, en mayo de 1965, en su edición especial con motivo del Primer Festival Latinoamericano, la revista “Folklore” dedicó cuatro páginas al Cuchi Leguizamón, incluyendo una entrevista de Marcelo Simón titulada “¿Conoce usted a Gustavo Leguizamón?”.

El Cuchi se definió entonces como un hombre de muchas profesiones: abogado, profesor en el Colegio Nacional, diputado provincial independiente, músico “metido en mi casa y fuera del mundo”, pianista y guitarrista con tanto caudal de formación con buenos profesores, como de autodidacta.

“El artista en este país carece de ubicación social. Es el candidato a morirse de hambre”, dijo colocándose en el lugar del crítico social cuyo necesario distanciamiento de su medio no le empuja a sentirse ajeno a ese mundo próximo y familiar y, en el caso del Cuchi, con antiguas raíces familiares.

En el Cuchi hay antepasados que lucharon en la Guerra de la Independencia y que fueron amigos de San Martín, como Juan Galo Leguizamón, o como un liberal que edificó instituciones y promovió la educación gratuita y común como Juan Martín Leguizamón, ese “Sarmiento del Norte”.

“Folklore no es corrección, ni erudición: es vivencia. Hay que vivir en un clima de autenticidad vital, en lo telúrico, en lo nuestro. Hay que estar junto al paisaje, mamar de él, aprenderlo y hacerse hombre así”, explicó a Simón.

“La palabra Festival me da un poco de pena y otro poco de miedo. Lo que debe ser auténtica promoción, o una muestra de dignidad en el folklore, se convierte por ellos en promoción comercial y adiós, vidita, la tierra, el canto y el folklore”, opinó.

Pero el Cuchi no se encerró dentro de los cerros que rodean la ciudad y tampoco vegetó en el folklore rústico, rudimentario, repetitivo: trascendió esos límites, estudió, se abrió a lo mejor de la música universal.

Sin caer en la tentación purista y académica, nutriéndose de la savia de la naturaleza y de la tradición y haciendo una simbiosis entre lo popular y lo clásico, elevó el folklore a una altura que no es la del éxito efímero, de las grandes ventas y los multitudinarios festivales, sino a la categoría de producto cultural perdurable y de excelencia.

En 1993 lo visité en su casa para hacerle la última entrevista, que grabé y que no publiqué. Fue amigo de mi padre, nacieron el mismo día aunque mi padre era siete años mayor que el Cuchi. La entrevista fue emotiva pero difícil.

Por momentos, el Cuchi se dispersaba, su memoria se fugaba incursionando en diversos temas. Uno de ellos fue su reiterada mención que ejercieron sobre él grandes maestros como Arnold Schoenberg, Ígor Straviski y Béla Bártok.

El Cuchi amó la música porque amó la vida, porque bebió y leyó en el enorme libro de la naturaleza: haciendo cantar a los pájaros, enseñando a cantar a coro los “rococós”, enormes sapos “del tamaño de la copa de un sombrero” como escribió un cronista español que pasó por Salta a fines del siglo XVI, organizando un concierto de campanas de las iglesias, imaginando un concierto de pitos las locomotoras.

Un biógrafo de Schoenberg señaló que la historia de la música “es también parte de la historia del esfuerzo humano por entender y ordenar el conocimiento del mundo, de las cosas, de sus manifestaciones”.

“Específicamente, de los sonidos en este caso. Un museo de la música debería, así, documentar el esfuerzo por sistematizar y desarrollar la emisión de sonidos y sus relaciones entre sí. Pero, también, los primeros intentos por documentar lo tocado, ejecutado, silbado, pensado o cantado”.

Añade este biógrafo: “Los grandes momentos de la historia de la música no han sido solo determinados por aquellos que se preocuparon por mejores y más complejas melodías, por la perfección técnica y el desarrollo de las orquestaciones y armonizaciones. Sino también por aquellos, que buscando caminos para sus propias expresiones y formas artísticas, se atrevieron a trasgredir ciertas convenciones y usos”.

Pablo Wittner señaló, sin olvidar que en sus últimos años el Cuchi Leguizamón comenzó a ser reconocido, que también “sufrió de un olvido horrendo” por parte muchos intérpretes exitosos comercialmente, pero de dudosa calidad artística. Olvido de algunos de esos folkloristas olvidables que, como diría el Cuchi, “no cantan, ladran”.

En los años ’50 y comienzos de la década de los ’60, en Salta la mayoría veía a un Cuchi caricaturesco, un personaje pintoresco, extravagante, ingenioso, irreverente, un abogado señorito con apellido de nombre de calles céntricas. En síntesis, a un bohemio.

Decir bohemio era sinónimo de persona de vida desordenada, no aplicada al trabajo, entregado más al ocio que a la disciplina. Según el lugar común, bohemio era ese ser improductivo, sin rumbo, que rechazaba la vida y el estilo “burgués” y se entregaba a veladas nocturnas que se prolongaban tres o cuatro días.

Pero con esa imagen, mitad de condescendencia y mitad de mediocridad y maldad, se ocultaba a un Cuchi sensible, inteligente, talentoso, trabajador, metódico y genial. Superando los prejuicios, su obra revela una amplia cultura, una mente abierta y un tesonero trabajo.

En el Cuchi, el “hacerse el loco” se sumó al humor y el sarcasmo para neutralizar el rechazo del medio local, la presión de la inquisidora mirada de los integrantes de una sociedad cerrada y rutinaria; fue el modo que le permitió ejercer la crítica social preservándose de las represalias de las burocracias, la estupidez social y las garras de mandones y gobiernos.

Pareciera que fue también, al mismo tiempo, un recurso para mantener en caja una desbordante sensibilidad creador.
Hasta dos años antes de morir, el Cuchi se sentaba todos los días a su piano de cola. Tocaba con una sola mano.

“La vida es dura y dura poco”, decía en la intimidad de su casa. “Me voy quedando solo” escribió cuando la ceguera comenzó a oscurecerle el mundo exterior, sin privarlo de su interior. “Me voy quedando libre, /sin arribos ni regresos”.

El filósofo francés Paul Ricoeur, un mes antes de morir a sus 83 años, tituló su libro póstumo “Vivo hasta la muerte”. Cuando escribió esas reflexiones, Ricoeur tenía la misma edad en la que murió el Cuchi Leguizamón.

“Estoy desapareciendo”, anotó y se preguntó: “¿Qué puedo decir de mi muerte? ¿Cómo hacer el duelo de un querer existir después de la muerte?”, se preguntó.

No es aventurado decir que Leguizamón, como Ricoeur, se empeñaron en “honrar la vida hasta la muerte”. Sus obras son la respuesta a esa pregunta del existir después de sus muertes.-
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(*) La foto del Cuchi con el autor de este texto se tomó en el acto de homenaje Gustavo Leguizamón, realizado en el Centro Cultural General San Martín de la Ciudad de Buenos Aires en marzo de 1994.

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